Yo la vi. Esta aquí, nada más y nada menos que en esta habitación.
Es una pequeña polilla de color pardo grisáceo que se posaba muy tranquila encima del piano hace tan solo unos minutos; estaba inmóvil bajo un montón de partituras blancas, negras y aburridas, de compositores agrios y conservadores.
Cuando la vi me contagié de su carácter tieso y sin movimiento alguno me dediqué solo a observar su particular tamaño. Era más grande que el resto de las polillas y parecía estar comunicándose conmigo de alguna u otra manera; ignoré esto último cuando fui consciente de que solo era un insecto que perturbaba la paz de mi morada. Planteé entonces la idea de matarla y, consecuentemente, como hacerlo. Apagué la luz, salí del cuarto y fui en busca de un trapo viejo y sucio para darle simplemente un azote a ese par de alas polvorientas. Al volver encendí la luz y me acerqué para acariciar su blando cuerpo con un golpe fatal. Me retracté de inmediato cuando la polilla hizo algo que no había hecho hasta el momento: Se movió. Fue un movimiento tan calmo, tan mínimo y sutil que apenas lo pude distinguir; pero fue suficiente como para ver que detrás de esas sucias y asquerosas alas el ciclo de la vida todavía se manifestaba.
Di media vuelta, apagué la luz, cerré la puerta y volví a dejar el trapo con la misma velocidad con la que la puerta se cerró. Frente a la puerta de la habitación me esperaba otra puerta idéntica que me llevó hacia el encuentro de dos enamorados que hacían el amor sobre una triste balsa que flotaba perdida en las cálidas aguas del inmenso océano. Además de vapores ediondos y crustáceos, entre los cuerpos de los amantes había unas fúnebres telarañas que se mecían al ritmo del coito. Los dos eran negros y bellos, tal como el corazón del ébano; de alguna manera el hermoso color de las pieles hicieron que recuerde a mi amiga la polilla.
Deje que hicieran lo suyo sobre la triste balsa que flotaba perdida en las cálidas aguas del inmenso océano y me dispuse a entrar en la bañera. Cuando uno está sucio y algo cansado, un baño caliente es similar al consumo de alguna droga blanda: El cuerpo se relaja, la mente se dispersa y por un momento pareciera que estas dos grandes secciones del organismo entran en una efímera armonía.
Me recosté entre las partículas líquidas, cerré los ojos y sonreí. Sentía en cada uno de mis poros el calor del agua limpia que de poco se iba ensuciando con la mugre que se despegaba de mi cuerpo.
Al cabo de unos segundos abrí los ojos y allí estaba el mismo niño de siempre plasmado en el techo: Este niño siempre camina, camina y camina junto al vuelo de un globo naranja inflado con helio. Esta vez caminaba sobre una inmensa porción de tierra negra cubierta de un césped verde y frondoso. Tan inmensa era la porción de tierra negra cubierta de un césped verde y frondoso, que no se veía nada más. Incluso el cielo estaba hecho de tierra negra cubierta de un césped verde y frondoso. Era como si el niño caminara, caminara y caminara junto al vuelo de un globo naranja inflado con helio dentro de una burbuja hecha de tierra negra cubierta de un césped verde y frondoso. Lo malo esta vez, era que el niño lloraba a cántaros y sus enormes lágrimas estaban hechas de plomo. Las mismas caían violentamente sobre sus pies, lastimándolo y haciendo que sus pasos sean más lentos y tristes. La monotonía del panorama se rompía al ver que la imagen era cada vez más dramática lágrima tras lágrima. Los sollozos se hicieron más fuertes y progresivamente se fueron transformando en fuertes lamentos. Miré hacia un costado y noté que la pareja de negros bellos como el corazón del ébano había ya dejado de hacer el amor. El hombre degustaba marihuana acostado en la balsa y la mujer bebía ron dorado desparramada sobre el cuerpo del sujeto; tanto él como ella sonreían satisfechos. Pero ni bien oyeron el llanto del niño sus rostros cambiaron. Soltaron los estimulantes y los dejaron flotar sobre las cálidas aguas del inmenso océano para remar desesperadamente con brazos y piernas hasta llegar a la bañera. La mugre que salía de mi piel les dificultó un poco el trayecto, pero al fin y al cabo llegaron para socorrer al niño. Los dos secaron sus lágrimas e hicieron que sonría sobre la inmensa porción de tierra negra cubierta de un césped verde y frondoso, en el cual caminaron, caminaron y caminaron junto al vuelo del globo naranja inflado con helio durante varios minutos, para luego navegar en una triste balsa sobre las cálidas aguas del inmenso océano. Los saludé, me saludaron y decidí abandonar el agua de la bañera que, por culpa de la mugre que se despegaba de mi piel, quedó completamente negra, como el corazón del ébano.
Mientras me secaba con una toalla blanca pensaba en la rara gravedad del interior de la burbuja hecha de tierra negra cubierta de un césped verde y frondoso, ya que aunque el niño estuviera de cabeza, el globo flotaba hacia abajo y las lágrimas de plomo caían hacia arriba.
Me despreocupe rápidamente y volví a la habitación donde duermo la mayoría de las noches. Mi amiga la polilla, aquel insecto de color pardo grisáceo que increíblemente salvó su vida con un mínimo movimiento, ya no estaba posada sobre el piano. Me pregunté donde podría estar (después de todo, es una habitación de dos metros por dos metros… Aunque pensándolo bien, para su minúsculo tamaño esta habitación es todo un bosque de botellas vacías de vino, ropa sucia y libros sin usar) y sospeche que tal vez se encontraba naufragando en las cálidas aguas del inmenso océano o caminando, caminando y caminando en la inmensa porción de tierra cubierta de un césped verde y frondoso: “De ninguna manera”, me dije a mi mismo. Estaba seguro de que cerré la puerta de la habitación al salir. Además, cualquier ser vivo con capacidad de volar le dejaría el naufragio y la caminata a una especie tan inferior como la es el ser humano.
Yo la vi. Esta aquí, nada más y nada menos que en esta habitación.
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