sábado, 24 de marzo de 2012

Enfermo

Eso sentía: Alegría, simplemente alegría. Esa misma alegría que sienten los enfermos cuando sanan.
¿Como hubiera podido sentir tristeza sentado en la vereda soleada, en ropas livianas, simplemente observando como las hojas del otoño bailan sobre los fríos adoquines? Ni siquiera había en mí espacio para un estado neutro. Era simplemente alegría, esa misma alegría que sienten los enfermos cuando sanan.
Pese a mi terrible calma, el día transcurría bajo el mismo ritmo al que esta acostumbrado todo hombre formal, con vehículos fugaces y ruidosos que avanzan prepotentes en una especie de tedioso ciclo que se retroalimenta a base de más y más ruido. Estaba de a poco, segundo a segundo perdiendo la paciencia. Me era imposible ya ignorar esos ruidos, esos gritos, esas bocinas groseras que hablan un idioma obsesivo y ansioso que raramente la mayoría de la humanidad comprende por igual. Estaba ya pensando y comportándome de forma nerviosa, con esos mismos nervios que sienten los enfermos cuando son conscientes de que su cuerpo comienza de a poco a fallar.
Decidí entonces, no desperdiciar y perder el hilo de la calma. Decidí entonces pararme y caminar lentamente, casi flotando sobre los mosaicos viejos, rotos y gastados por la densa y constante humedad de un barrio antiguo, lleno de historias de gente muerta, de gente enferma. Fueron esas palabras el primer eslabón de una cadena de historias que nacían y morían dentro de los extravagantes límites de mi imaginación. Historias de gente muerta, de gente enferma; historias que poco importan dentro de esta historia. Pero ni siquiera aquella caminata, ni siquiera aquella cadena de imágenes y sensaciones fueron capaces de darme el tan ansiado placer de poder por fin ignorar esos demoníacos vehículos que van y vienen escupiendo ruido, escupiendo humo. Mantenía como podía esa calma que tanto amo, esa misma calma que sienten los pasos de los enfermos mentales al caminar despreocupados, concentrados únicamente en el poderoso universo que gira y gira dentro de su mente.
Apuré el paso a una velocidad que no acostumbro aplicar cuando camino. De a poco los espacios verdes eran mas concentrados y amplios; y a su vez, las veredas mas angostas y rotas. Los autos que pasaban eran cada vez menos, y ademas, ya no molestaban. No había necesidad de apuros, bocinazos o insultos bochornosos en las esquinas, y los únicos ruidos que oía eran los roces constantes de las ruedas con los adoquines. Los ruidos molestos ahora se habían convertido en música, como por arte de magia. En ese momento sentía que ya no debía concentrarme en no perder la calma, ya que esta entraba y salía de mis poros con facilidad, purificando mi cuerpo con pura y blanca tranquilidad, esa misma tranquilidad que sienten los enfermos cuando duermen. Esa misma tranquilidad que sienten los enfermos cuando mueren.
Y fue así como, entre veredas cada vez mas verdes y angostas, llegué al predio de un edificio antiguo y maltratado con una malla de alambre oxidado que cubría su perímetro. Delante del edificio y cruzando la malla de alambre, un gran patio lleno de hierbas abundantes y frondosas hacía de colchón para la enorme orgía de aquellos cientos de insectos revoltosos que zumbaban y volaban con una envidiable energía, esa misma energía que tienen los enfermos cuando ríen, cuando luchan. El aspecto de abandono tan particular del edificio me sedució y las ganas de entrar a él me corría por la sangre, desde el corazón hasta cada una de las esquinas de mi cuerpo hasta el momento sano. Pero, más que el aspecto rústico y particular del lugar, lo que realmente se apodero de mi atención fue la extraña sensación de una presencia viva dentro de esas anaranjadas y sucias paredes. Nunca antes habían mis sentidos experimentado tal sentimiento; incluso, tengo mis dudas sobre si fueron o no los sentidos convencionales de mi organismo los que despertaron esa increíble curiosidad por algo que, a primera vista, no era mas que otro edificio abandonado en las afueras de una ciudad llena de edificios abandonados.
Luego de la incertidumbre y el misterio, cayo como un fantasma ante mi una especie de pánico y suspenso; no es que debía si o si entrar a ese catastrófico lugar, pero mi cuerpo hasta el momento sano era el que de alguna u otra forma me empujaba a cruzar esa enorme puerta y comprobar si de verdad esa presencia viva que sentía en el momento era o no producto de mi enferma imaginación.
Medité con un tabaco durante unos minutos viendo como el sol terminaba de caer detrás de un horizonte que estaba condimentado con un sabor particular, distinto. Un sabor oscuro, sulfuroso. Era un sabor a calor, una sensación también por momentos fría; era víctima de una sinestesia enferma, obsesiva. No soporté, había ya perdido la hermosa calma, pero no me quejaba: Levante mis piernas del cordón sucio en donde reposaba y, con una mezcla entre paranoia y seguridad, crucé la malla de alambre oxidada hacía un lugar que no conocía, pero que ya lo sentía parte de mi destino.
La sensación de una presencia viva, ese sabor tan extraño que recorría mis huesos crecía y crecía, se volvía a cada paso más intenso, tal como una fiebre violenta, tenebrosa, pero que raramente disfrutaba sin miedo. Sin ese miedo que sienten los enfermos cuando agonizan.
Una vez dentro del patio, debía correr con mis dos brazos la enorme hierba hacia los costados, para así poder pasar. Eran tan densa la maleza, que apenas podía ver mis pies, y para recorrer unos apenas diez metros, tarde aproximadamente unos cinco minutos en los cuales tuve que interrumpir la masiva y diminuta orgía de insectos. Al llegar a la puerta hallé a un costado de la misma un artefacto cilíndrico y algo delgado, lleno de moho y pequeños hongos. Con ese mismo miedo que disfrutaba, tomé el artefacto y lo limpié como pude, muy minuciosa y cuidadosamente hasta ver, en uno de sus extremos, una muy delgada linea de metal oxidado. Al entrar en razón, comprendí que lo que había yo encontrado en ese sucio y bello rincón, no era nada mas y nada menos que una jeringa vieja y ya usada.
La noche había ya caído sobre el enorme edificio y el suspenso dentro mío se expandió con la impunidad de un imperio desde mis entrañas hasta golpear mi frente y dejar una enorme firma con el sudor más helado de los sudores: Fiebre. Ese olor tan particular era olor a fiebre, y lo confirme luego de dejar caer casi suavemente la jeringa y asomarme a la gran puerta que hacía varios minutos esperaba mi llegada. Con mi mano izquierda, corrí apenas una de las dos puertas. Esa madera estaba tan podrida, tan deteriorada que podía ver termitas saborear aserrín en el corazón de aquel tablón de madera dura y antigua (a pesar de la negra oscuridad que pintaba mi tétrico contexto) Yo temblaba, con el mismo temblor que sienten los enfermos ansiosos.
No se como describir ahora, el indescriptible coctél de sensaciones que bombeo mi corazón al asomar el rostro dentro del edificio. ¡Había gente dentro del putrefacto edificio! ¡Había jeringas, sueros secos, algodón, gasas y demas artefactos patológicos! Había también una especie de recepción; sin duda estaba casi dentro de un pequeño hospital olvidado por todos.
Esas personas, esas siluetas decrepitas que caminaban con la mirada desorientada entre la humedad infectada de aquel edificio tenían el aspecto muerto y gris que tiene la gente enferma. Sus gestos, sus movimientos y todo lo que era parte de sus pálidos cuerpos tenía una belleza de lo mas cautivante. Una belleza difícil de explicar, si no se ve aquel cuadro de muerte en vida acompañada por esa sensación, por aquel olor a enfermedad que hacía rato estaba embriagandome. ¡Ah ese olor! ¡Esa bendita sinestesia que enamoro mis extremidades y me empujo a la danza lenta y casi fúnebre de los enfermos del edificio, algo que estaba sintiendo en su momento como un hogar! Caminé entre la multitud sin verguenza, sin esa misma verguenza que sienten los enfermos sexuales.
Estaban vivos.. ¡Claro que lo estaban! ¡Yo también lo estaba! Podía yo tranquilamente cruzar esa destrozada puerta y volver a mi casa por donde vine, pero no quería. El olor a fiebre, esa sensación tan bella y confusa que el cuerpo siente cuando uno esta enfermo y bañado en helada transpiración era mucho mas fuerte que cualquier otro deseo que se cruzase en los extravagantes límites de mi imaginación.
¡Ay que placer! ¡Que olor tan hermoso ese que flota entre nosotros, los enfermos adictos a su propia enfermedad! Nadie decía ni una minúscula palabra. Estaban todos caminando en ropas livianas, entre ese increíble torbellino de satisfacción compartida.
Alegría, simplemente alegría. Esa misma alegría que sienten los enfermos cuando viven.

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