Allí duermo,
entre sus ropas brillantes,
bajo su largo pelo.
Allí despliego
poderosas serpientes
cubiertas de verde veneno;
escupo colmillos ajenos
y espero la desgracia
sentado en la copa
del árbol más alto del valle.
Amo y señor de su cuerpo,
amo y señor del demonio más cruel,
del más paciente,
del más inteligente.
Soy la ardiente sangre
del adicto al rocío nocturno,
aquel que con orgullo
da vida al exquisito arte
de robarse la vida ajena.
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