lunes, 22 de agosto de 2011

Distancia

Su sala de juegos es una terraza. Su terraza, la más alta de la ciudad.
Él es un hombre estudioso y trabajador que siempre se esforzó para conseguir lo que hoy tiene: Nada más y nada menos que un diario a su nombre. Un diario de noticia blanca con enorme prestigio provincial, cuya sucursal es un enorme edificio con terraza, la terraza más alta de la ciudad.
La gente que lo conoce personalmente tiene una opinión muy buena de el: Una persona humilde y sencilla. Será tal vez porque está constantemente dando una mano en causas que ayuden a los más necesitados, cosa que hace realmente de corazón ya que se siente identificado con todas esas personas que intentan salir adelante aunque los recursos sean escasos. Él en un momento de su vida fue una persona que vivió bajo la misma condición y sabe lo difícil que es escapar de esa vida rodeado de gente que solo le interesa nutrir su avaricia y bienestar personal con la siempre cruel indiferencia.
No pasa mucho tiempo en su pequeña casa de humilde estilo inglés: Solo cena, se baña, duerme y desayuna. Es además soltero y sin hijos que le exijan algo de tiempo en el hogar. Él está orgulloso de que así sea, tiene miedo a equivocarse al criar un hijo, tiene miedo de cometer un error fatal o de verlo sufrir en un futuro. Él es consciente de que toda persona sobre la faz de esta tierra es vulnerable y está expuesta al sadismo y a la maldad incesante de la sociedad. O en su defecto, toda persona sobre la faz de esta tierra goza de la oportunidad y la libertad de ser también un sádico, y es por eso que no quiere correr el riesgo de traer un alma más a este infierno que sostiene una eterna guerra entre la inocencia y la asquerosa búsqueda del placer.
En cuanto a una pareja estable, para él es algo muy complicado crear un fuerte y real lazo de confianza con otra persona. Solo se limita a estar en un vago contacto informal con una bonita pelirroja de veintisiete años, cuatro menos que los de él. Se ven generalmente los fines de semana a la noche, en el departamento de la señorita.
Nadie pisa el suelo de su casa, no le gusta que los demás circulen en su espacio privado, ni siquiera en su presencia y bajo su mirada; mirada fría y certera, penetrante e inmanipulable, infalible y perseverante. Unos ojos que probablemente se amoldaron a la obsesiva y desahogante costumbre de siempre, ese pasatiempo que le cultivo un cariño único y especial por la terraza más alta de la ciudad.
La gran mayoría de los días se toma una pausa y deja el duro trabajo solo por unos minutos. Sale de su oficina en el piso 25 y sube por las escaleras hasta el piso 42, el último piso del edificio con la terraza más alta de la ciudad. Además de subir su cuerpo delgado y el traje negro que tan bien le sienta, lleva siempre binoculares de buena calidad y el estuche de una guitarra que nunca nadie vio. Al llegar al último piso, cansado de sonreirle y saludar a muchos de sus empleados, da la orden de siempre al personal de seguridad que merodea cerca de la puerta que da a la terraza:
-Que nadie se asome a la puerta. Si oigo o veo que alguien intenta abrirla, ustedes dos quedan despedidos.- Él no es capaz de hacer tal cosa, pero sabe que tampoco intentarían abrir esa puerta. Después de todo, no es fácil para los dos empleados romper la clara y repetitiva orden de una mirada tan dura.
Luego de cruzar la puerta y trabarla con llave, él se siente un alma libre y sin peso. Ahí, parado en la terraza más alta de la ciudad sin importar el horario ni el clima, recorre a paso lento el perímetro del suelo de la terraza sin soltar el estuche de cuero, observando la inmensa ciudad y el paisaje montañoso. Cuando por fin el silencio junto con la brisa, el sol, la lluvia o la niebla lo apaciguan por completo, saca los binoculares y abre el cierre de la funda de una falsa guitarra. Allí dentro, un arma de larga distancia con cañón fino y de gran extensión descansa entre goma espuma negra junto a su respectivo visor. Orgulloso y con una pícara sonrisa, el dueño del prestigioso diario saca su hermoso y brillante fusil para prepararlo de forma paciente de frente a los ojos del cielo. Vuelve a recorrer a paso lento el perímetro del suelo de la terraza, ahora sin soltar el artefacto y mientras busca un objetivo que circule libremente las calles de una ciudad que en ese momento, está literalmente a sus pies.
Ama fijar esa siniestra mirada en una persona que no es consciente de lo que sucede, de lo que una mente a cientos de metros de distancia está tramando e imaginando. Ama ver cómo actúan de forma normal, sin darse cuenta de la magnitud del peligro al que están expuestos.
La víctima es sutilmente elegida por la desconfianza que lo caracteriza: Sospecha, siempre sospecha. Tiene en cuenta las miradas, los gestos, las risas, lo que hacen en el momento, lo que pudieron haber hecho en algún momento de su vida, lo que pueden llegar a hacer o lo que llevan puesto. Piensa, sospecha y piensa: "Ese tipo le miro las piernas a esa mujer, puede llegar a ser un degenerado, un violador..."; "¿Tan chico y ya fumando? Debe ser un drogadicto en potencia, un proyecto de criminal."; "Ebrio, vagabundo ebrio. El alcohol hace de la gente algo perverso. No merece caminar..."; "El padre de ese bebé no parece ser un buen padre. Ese bebé va a ser un estafador, una mala persona"; "No tenés que exponer tanto ese cuerpo con tanta gente, puta...". Una sospecha incontrolable. Una ira y un prejuicio ante todo y todos que desde la adolescencia viene marcando su vida.
Determinada la persona que lejos de él respira y se mueve por cuenta propia, comienza a calibrar su visor como un profesional. La distancia y las condiciones climáticas son parte de la ecuación que indica cuantos milímetros hay que mover la mira. Prepara la fría, la helada, la gélida mirada, apoya el pecho sobre la superficie de concreto que rodea la terraza y contiene la respiración. La cruz en el centro del cristal se posiciona exactamente entre un ojo certero y la cabeza de un indefenso y tal vez inocente blanco. Aprieta el gatillo desde las alturas: Click.
El efímero sonido que desahoga su cuerpo y alma: Click. El sonido que dispara su imaginación: ¿Cómo hubiera reaccionado el cuerpo con el impacto de bala? ¿Cómo hubiera quedado tendido el cadáver en el suelo? ¿Cómo hubiera salpicado la sangre y como hubiera recorrido lentamente el pavimento? Visualiza una multitud conmocionada. Algunos huyen asustados, otros lloran o rodean el cuerpo boquiabiertos y confundidos. Llega la ambulancia y la policía. Todos miran hacia arriba o entre las casas y edificios, pero nadie sospecha de la terraza más alta de la ciudad.

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