miércoles, 24 de agosto de 2011

Treinta y dos minutos

Estaba ansioso. La mano que sostenía su cigarrillo de tabaco negro se movía sin control, casi parecia estar fuera de ese cuerpo ligeramente delgado y de estatura media. La otra mano, en cambio, sostenía con firmeza un paraguas negro que protegía de la lluvia al suéter de rombos verde con detalles bordo que siempre usa en ocasiones especiales, ocasiones como aquella.
Calmó las ansias y el nerviosismo sentandose en un banco de cemento, mientras oía y observaba las gotas de agua impactar contra el pavimento o las veía ya fundidas en una sola sustancia fluyendo en la canaleta, empujando las pocas hojas caídas que tiene la húmeda primavera.
Le encanta el movimiento delicado de la naturaleza y su respectivo sonido, ya que según él, son dos partes de un placer exquisito que esta todo el tiempo y en todo lugar tentando a nuestros cinco sentidos. Fue aquello, ese gusto único y particular lo que lo llevo a ese escenario: A estar sentado junto a la inseguridad, debatiendo consigo mismo y lamentando el hecho de no tener el valor para dar una última probada al cigarrillo, cruzar despacio la calle apuñalada por la lluvia y darle a ella la sorpresa que tanto esperó darle desde aquel momento en que la vio radiante y feliz, con un vestido verde bosque y el pelo suelto. Aquel día estaba soleado, la señorita salía de la florería del barrio con un girasol entre sus manos blancas y una enorme sonrisa bajo los ojos grandes y también negros, que por un corto lapso de tiempo se estancaron en la mirada de él:
-Hola!- Antes de girar la cabeza para caminar de manera sutil y a los pocos segundos entrar en una casa con un jardin sencillo, un árbol delgado de solo aproximadamente dos metros de alto y un cesped prolijo y corto. Él no pudo contestar.
Esa sonrisa limpia y esa voz dulce y femenina fueron también las razones que lo llevaron de vuelta a esa cuadra mojada para darle una sorpresa. Única y sencillamente fueron ese delicado movimiento junto a su respectivo sonido los que despertaron el amor en él.
El recuerdo de aquel día le dio a luz el valor que le faltó durante esos 27 minutos bajo el paraguas: Le dio la última probada al tabaco negro, se paró y cruzó la calle a paso danzante bajo el diluvio. Cerca ya de la casa, busco una entrada que no sea la principal. Era fiel a su idea de darle una sopresa inolvidable a una persona que, según su apreciación, se lo merecía.
Pasó al lado del jardín hacia una especie de sector para los autos que estaba a la izquierda de la casa, evitando la puerta del frente y tratando de no chocar la bicicleta apoyada en la pared, como así también no delatarse ni delatar a su paraguas ya cerrado con el ventanal enorme que había al costado del hogar donde se escabullía. Al llegar al fondo de la casa notó instantaneamente la afición de la joven por el floricultivo. Soltó el paraguas negro y se acercó soprendido a una especie de invernadero pequeño, cuya transparencia dejaba ver una gran y hermosa variedad de flores de todos los tamaños y colores. Él, de flores mucho no sabe, pero aquella vez no tuvo problemas en dejarse llevar por la belleza y absoluta sensibilidad visual del sencillo cultivo. Notó también que ella es una persona muy inteligente: El pequeño sistema de riego del invernadero en caso de lluvia no era poca cosa, era sin lugar a dudas un trabajo que requería tanta lógica como precisión al momento de construirlo. Apreció la obra mientras su amor por la joven crecía como lo hacían los lupinos amarillos al frente de él, en aquella primavera inolvidable para los dos.
Dio media vuelta y notó la puerta trasera de la casa de dos pisos y ladrillos naranjas. Entró haciendo todo lo posible para que su llegada sea sigilosa, rogandole a la suerte el hecho de no tener que subir por las escaleras para el conciliar el encuentro, ya que eso arruinaría la sorpresa. Ya dentro del lugar, fue conciente de que estaba en el hogar de una persona alegre y optimista: La puerta daba a una especie de pasillo con decorados rústicos y colores cálidos. A pocos metros de la entrada habia un baño extremadamente limpio, y al frente del mismo un cuadro impresionista reposaba colgado medio metro arriba de una mesita de madera que autodelataba su origen artesanal.
Jarrones, flores, cuadros, plantas y un sahumerio de lavanda encendido. Ella efectivamente estaba ahi.
Pasados unos pocos segundos, él oyó desde una corta distancia música ambiental: Unas hermosas cuerdas clasicas acompañadas de un arpa y un xilofón. Sencillez, delicadeza mire donde mire tentando a sus cinco sentidos. Se dejó llevar y caminó en direccion a la armonía cruzando una especie de sala de estar espaciosa con un ventanal enorme de cortinas blancas. Al salir de ahi encontro lo que buscaba: Una imagen gloriosa, unos cabellos negros cubrian la mitad de un torso refinado que unido a dos largas piernas sumaban un cuerpo hermoso, golpeado de costado por la poca luz del sol que las nubes lluviosas dejaban entrar por la ventana de lo que parecía ser la cocina.
Se acercó lentamente, casi reteniendo la respiración. Le costaba respirar y las pupilas se le dilataban más y más a medida que se acercaba. La tomó suavemente por las caderas, corrió delicadamente su cabello y con los labios recorrió el lado del cuello que estaba siendo iluminado por la claridad del día. El notó que lo reconoció y entonces acarició su rostro, más precisamente su boca. A medida que la endorfina y la adrenalina recorrían su delgado cuerpo, la desvestía caballerosamente mientras oia como ella tambien susurraba el placer que se merecía. Cuando terminó de descubrir el inmeso territorio de su piel quitando su vestido veraniego de color lila, pregunto con suma calma cerca de su oido donde estaba la habitación, a lo que ella indicó que había que subir las escaleras y pasar a la primera puerta del lado derecho. Cuidadosa y cariñosamente sostuvo la blanca piel con los brazos y las manos para subir a la habitación: Una vez allí, la tendió cálidamente sobre la espaciosa y suave cama de plaza y media, bañada en sábanas naranjas de tono casi marrón claro. Terminó de descubrir su cuerpo quitandole las pocas prendas que llevaba puesta, sin dejar nunca de lado la delicadeza que constantemente tuvieron sus dedos. Abrió sus piernas con cuidado para darle rienda suelta a una pasion mutua, a una explosión de emociones y gritos desenfrenados que se desahogaban en una habitación que en ese momento para ninguno de los dos existía. Ella acariciaba su espalda y él la amaba, así durante treinta y dos minutos. Treinta y dos minutos.
Al terminar él la vio tan radiante y feliz acostada en un extremo de la cama con los cabellos negros desordenados, que le hizo recordar ese día afuera de la florería. El hombre se acercó y se despidió con un beso suave en la frente que duró unos tres segundos, mientras en su rostro se marcaba una leve sonrisa satisfecha. Se marchó, contento por haber concretado la sorpresa que un ser hermoso como aquella dama se merecía.
Estaba equivocado. Su mente dispersa y atrofiada no le deja ver mas allá de sus placeres.
Ella se sentaba en el sillón color ceniza que está en el medio de la sala de estar a tomar té verde siempre que llovía, mientras escuchaba las gotas golpear el techo y veía crecer a través de la ventana con cortinas blancas al árbol de aproximadamente dos metros, su único hijo.
En esa ocasión notó que un hombre estaba sentado al frente de la cuadra, tenía un gran paraguas y un suéter llamativo que según ella le quedaba muy bien. Lo recordó, recordó que hacía unos días lo había saludado afuera de la florería sin recibir un gesto a cambio. Se preguntó que podía estar esperando allí bajo la lluvia, consumiendo tabaco negro de la forma en que su padre lo hacía... No le prestó más atención y fue a encender un viejo tocadiscos que el abuelo le regaló cuando tenía 13 años. Las cuerdas, el arpa, el xilofón y los recuerdos de su padre y abuelo la acompañaban mientras lavaba una taza y la vajilla del mediodía. Miró por la ventana a su izquierda y se dio cuenta de que ese hombre ya no estaba sentado en el banco de cemento. No prestó atención y siguió escuchando los arpegios de un arpa caida del cielo.
Fue ahi, justo en el instante en que se concentraba en el arpa y lavaba la cuchara que endulzó el te verde hacía 15 minutos: Se paralizó en cuerpo y alma. Su corazón se estremeció en una confusión y una taquicardia que superaba los límites, segundo a segundo. La cuchara cayó sobre el piso flotante y la respiración de la señorita se profundizaba.
Ella no escuchó entrar a esas manos que le acariciaban la cintura, pero sabía que eran de él.
Todo cambió al cabo de unos segundos. El hombre tiró de sus cabellos largos con violencia, comenzó a besar bruscamente y lamer su cuello mientras con una fuerza innecesaria le apretaba el vientre con un brazo.
- Se quien sos, por favor soltame !- Dijo ella en vano de espaldas al desconocido, en pleno llanto y a grito seco y desesperado. Él tapó su boca con una mano mientras que con la pelvis la apoyó contra la mesada en la que lavaba, casi sofocandola. La otra mano rompía desesperadamente el vestido color lila, parte por parte, como si su vida dependiera de verla completamente desnuda. Fue para ella el infierno. Lloró, sufrió y rogó que aquello de una vez terminara. Faltaban poco mas de 32 minutos.
- Decime donde está la cama, decime donde está tu cama..- Lo peor estaba por venir, y ella lo sabía. No tuvo opción, el miedo y la desesperacion que le generaba estar en brazos de una bestia la llevaron a contestarle:
- Arriba, a la derecha.. la primera puerta a la derecha, por favor soltame, dejame por favor soltame.- Etcétera, etcétera, etcétera.
La tomó de un brazo y agarró con fuerza otra vez sus cabellos negros. La subió por las escaleras golpeando su cabeza con todos y cada unos de los 15 escalones que daban al segundo piso, consecuencia de los forcejeos y la forma bruta de subir a la señorita.
Una vez arriba la tiró sobre la cama y se lanzó sobre ella, arrancando sin piedad la ropa interior que no pudo romper en la cocina teniendola de espaldas. Tomó sus rodillas y abrió sus piernas de Este a Oeste, apuñalando su dignidad en un ataque carnal.
Ella sufría, gritaba y lloraba mientras él con las manos tapaba su boca y hacía presión en su garganta. Ella estaba débil. Sus manos solo temblaban o daban leves golpes en la espalda del dueño del suéter verde con detalles bordo.
Treinta y dos minutos para que él se detuviera. Treinta y dos minutos. Cuando levantó su cuerpo para simplemente cerrar su bragueta, ella se apartó. Quedó tendida en la esquina de la cama, temblando y con los ojos abiertos de par en par, fijos en la cara del criminal que se acercó de nuevo a ella para darle un último susto, ún ultimo y único beso en la frente que duró tres segundos. Se marchó, por fin se marchó.
Ella abrazó sus piernas y llevó sus rodillas al pecho sin dejar de temblar durante unas cuantas horas, en las que incesantemente se lamentaba y pensaba: "Por qué en el mundo hay gente con tan poca noción de la sensibilidad?"
Él hoy, en honor a ella, es un sencillo floricultor adicto al tabaco negro.
Ella ya no es la misma persona alegre y optimista que fue alguna vez. Le teme a las tardes de lluvia y a las tazas de té verde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario