Amaba su estante de madera. Lo había cortado, tallado y pulido con sus propias manos. Tenía manos espectaculares, muy hábiles si de precisión y prolijidad se trataba. Tenía también sobre la chimenea unos animalitos de roble: Un pingüino, un oso polar y un caribú. Los tres tenían detalles que solo un artesano profesional podía lograr con un cuchillo casi desafilado y una madera tan maciza, pero solo era un hobby. El dedicaba el tiempo importante a otra cosa.
Le gustaba el frio, le gustaba esa sensación de soledad y paranoia que solo la brisa helada, el silencio roto por las ramas vacías y los alrededores teñidos de blanco le generaban. Él era conciente, muy conciente de que no era solo una sensación. Él realmente era un hombre solitario, y por eso todas las noches de sábado y domingo se sentaba en su sillón de piel de oso para tocar la flauta traversa horas y horas al frente del fuego. Lo hubiera hecho todos los días, pero de lunes a viernes tenia otros planes.
Caminaba siempre que estaba en el pueblo porque era un lugar muy tranquilo como para perturbar a los demás con el ruido de una camioneta grande, vieja y fea. No le gustaba que lo perturben, por eso no lo hacía con el resto de los habitantes que, por cierto, sentían un frío pero sincero cariño por el callado y elegante hombre. Después de todo, pese a ser antisocial él era muy respetuoso y siempre le sonreía al resto, a pesar de haber vivido un pasado que no merecía.
De todas formas ese pasado no había arruinado su imagen: Era un hombre hermoso. Cabellos negros, cortos y ligeramente desordenados. Facciones tan masculinas como delicadas, acompañadas de una barba de 3 días que lo hacía ver como el típico actor de paga millonaria.
Pero le faltaba un diente, el colmillo izquierdo. Hacía 8 años que lo había perdido en un accidente: El iba de camino a comprar a la ciudad en otra grande, fea y vieja camioneta bajo una nevada que solo dejaba ver unos pocos metros de ruta. Era el camino que recorrió toda su vida, bajo las mismas condiciones climáticas y con la misma camioneta que heredó del padre; todo estaba bajo control. Pero se olvidaba del error, tan humano como la experiencia; tan humano como la habilidad de usar las dos manos y la mente de forma tal que se logre lo que se desea, o de que se evite lo que no.
Error, ese día fue victima de su naturaleza y del alce que pastaba la poca hierba que estaba a su alcance al costado de la ruta. La nieve no dejó que el humano y el animal se vieran mutuamente: la vieja grande y fea camioneta le robó una vida al bosque y luego comenzó a girar y girar sin control alguno para terminar de frente a un árbol a unos metros del costado de la ruta. Tuvo mucha suerte, de verdad fue muy afortunado; la suerte y el cinturon de seguridad se aliaron para que el hombre pierda solamente la despedazada camioneta y su colmillo izquierdo en un golpe contra el volante. Sobrevivió como pocos lo logran. Sobrevivió como no pudieron lograrlo su esposa y sus dos hijas.
Pasó unos cuantos meses casi encerrado en su casa, tal vez meditando sobre lo que sucedió, tal vez lamentandose, tal vez recuperando algo de fuerzas, tal vez analizando el hecho de "irse al cielo con ellas". Nadie sabe la verdad.
El pueblo volvió a ver al hombre con una postura que reflejaba tranquilidad, como si nada hubiera pasado. Dejó su trabajo y el dinero que tenía ahorrado en grandes proyectos familiares los usó para simplemente sobrevivir. No era muy caro mantener solo un alma. La gente del pueblo lo veía salir de su segunda y única camioneta hacia la ciudad, todos los días de lunes a viernes pasado el mediodía.
Era como si se despejara constantemente hasta la medianoche, cuando llegaba a su casa con un colmillo izquierdo en el bolsillo casi todos los días. Lo limpiaba con sus siempre hábiles y cuidadosas manos para después dejarlo unos minutos en agua con bicarbonato de sodio y blanquearlo por completo. Después de secarlo lo dejaba al lado del resto de los colmillos izquierdos en el estante de madera que tan bien había cortado, tallado y pulido.
No era facil para él conseguir un colmillo izquierdo cada día. Al llegar a la gran ciudad pasado el mediodía, caminaba de lugar público en lugar público observando colmillos izquierdos, buscando algún colmillo izquierdo que sea idéntico al de él. Al encontrar uno que le recuerde al suyo, lo seguía. Esa persona se convertía en un objetivo. No importaba si era mujer, seguro le recordaba a la suya. No importaba si era adolescente, seguro le recordaba a su hija. No importaba si era una niña o un niño, seguro le recordaba a su segunda hija. No importaba si era hombre, él había ya perdido el miedo.
Sea cual sea la persona, se sujetaba a ella con la mirada y con paso distante pero seguro hasta encontrarse con la misma en el ambiente perfecto, en la situación ideal para acelerar el paso y por la espalda taparle la boca con una de sus
manos, dejando libre la otra para estrangularla con una cuerda fina y no muy larga. La suave silicona que cubría el arma y los masajes posteriores al crimen no dejaban rastros en los cuellos.
Niños, niñas; madres, padres: Varias victimas. Habitaciones, cocinas, pasillos oscuros, estacionamientos: Varias escenas del crimen en donde, tarde o temprano, se hallaba un cuerpo tendido en el suelo, boca arriba, bien peinado, con los ojos abiertos y las manos una sobre la otra arriba del pecho, donde está el corazón. Debajo de las manos, arriba del corazón, siempre en perfecto estado el colmillo derecho del muerto que siempre vivirá en la conciencia de aquel hombre solitario.
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