De frente a la cruz dorada una vez mas, cruz detallada e imponente. Una cruz que imponia respeto, que asustaba a pesar de su costosa hermosura. Era su consuelo: Juntar las palmas, cruzar los dedos y apoyarlos en la frente mientras, arrodillado, susurraba palabras arrepentidas y llenas de dolor. El silencio de la catedral abria los recuerdos oscuros y el pecado, cerraba sus heridas por lo menos durante un par de dias. Las ventanas llenas de santos y colores iluminaban los bancos vacios y dejaban ver el polvo que flotaba sin sentido en el aire, la imagen mas cercana al purgatorio que el presenciaria. Pero el no lo veia asi, por eso todas las semanas caminaba en la ancha y roja alfombra escoltado por la luz del sol hacia la cruz.
Bajo las sombras y del otro lado de la ciudad, un adolescente de piel gris y mirada desorientada se abstenia de los limites derritiendo amapola en polvo sobre una cuchara sucia y maltratada. Al cabo de unos minutos la euforia y los pocos recuerdos buenos de una niñez injusta estimulaban su mente. La miseria se nublaba, la heroina viajaba por sus venas regalandole la caricia que nunca nadie supo darle. Nadie.
Al mismo tiempo, el hombre bajaba las detalladas y goticas escaleras para caminar por los caminos pedragosos de la plaza, entre flores, pajaros, cesped y abejas inofensivas. Entre familias que disfrutaban de la libertad mental y de la ondeante laguna que reflejaba los rayos de un sol radiante. Se imaginaba entre la gente, preparando el mantel y las frutas, cortando el pan y untandole mermelada para darselo a su hijo mientras lo acariciaba, caricia que nunca supo darle. Nunca.
La energia de la amapola no pudo seguir abasteciendo ese cuerpo delgado y sin desarrollo, el proceso intravenoso lamentablemente para el, terminaba. Pasadas unas pocas horas y a pesar de no haber comido hace dias, el cuerpo demacrado y joven no sentia hambre, pero si un intenso frio nocturno. El adolescente de cabellos rubios prendio su anteultimo cigarro con un encendedor barato y camino como siempre en busca de algun transeunte generoso que le de unos centavos. Generalmente la cantidad de dinero no alcanzaba antes de que la mente y el cuerpo lo acecharan con temblores y sudor incontrolable. La busqueda se tornaba cada vez mas impaciente y ansiosa, tanto que para el ya no era extraño perder la dignidad para ver esas monedas sucias entre sus manos.
La noche del creyente era muy distinta: El tenia techo, comida caliente, calefaccion, colchon, sabanas limpias y hasta un piano de cola negro que lloraba de tristeza cuando el hombre se sentaba frente a el. Habia lugar para una persona mas, pero la unica que el amaba no sentia lo mismo. Nada en la casa alcanzaba para llenar ese vacio, para reparar el error imperdonable que lo atacaba constantemente con pesadillas, depresion, susceptibilidad y un miedo interno que habia comido su felicidad, ese sentimiento que hace años permanece enterrado en lo mas profundo de sus recuerdos.
Llegada la mañana el joven corrompia su abstinencia pinchandose el brazo con la misma jeringa helada y sangrienta que hacia dos semanas habia podido pagar, otra vez en el mismo lugar. Aprendio con los meses a amar el callejon de siempre, valorando la compañia de las ratas y los perros que todos ignoran. Se autoproclamo dueño legitimo de las cajas humedas, las paginas de diario empujadas por la brisa y la basura que daba una esperanza al momento de buscar almuerzo. Tambien de las telas manchadas con barro que hacian del descanso una experiencia menos fria, de la esquina con olor a meo y de una mancha roja en el suelo que las largas lluvias nunca pudieron borrar. Muchas veces hablaba con la mancha, pero nunca se atrevio a preguntarle como llego a ese infierno. El imagino muchas versiones: Tal vez un robo que vino seguido de una puñalada o una pelea callejera en pleno desacato de alcohol. Pensaba tambien que en cambio, pudo haber sido un ave que volaba muy alto y por alguna razon habia dejado de hacerlo para caer en picada sobre el mismo lugar donde se encontraba la mancha. El ave habia perdido las alas y debia, como el, aprender a caminar sola en las calles hostiles de una ciudad que con los años, ya no le gustaba para nada.
Le hablo a la mancha de una madre que no soporto el parto que le dio esa tragica vida. Le hablo a la mancha de como un intento de padre le robo los momentos hermosos de su infancia con golpes y olor a whisky barato. Le hablo de como odiaba sus estupidas exigencias y privaciones, de como el maltrato y la indiferencia lo llevo a dejar ese miserable hogar para vivir bajo las estrellas. La mancha nunca respondia, pero por lo menos lo escuchaba sin hacerle daño.
Del otro lado de la ciudad, el hombre mayor dejaba de tocar el piano de cola negro que tanto lo consolaba. Debia ir a la misma catedral misericordiosa de siempre a rezar y pedirle perdon a Dios otra vez, aunque no era esa la persona a la que debia pedirle disculpas por sus pecados. Despues de acabar con el ritual, agradecia al Señor por haberlo ayudado a escapar de su adiccion al whisky.
La mancha roja se hizo mas grande en aquella noche nublada. Un cuchillo mal afilado corto las venas de un joven de piel gris y mirada desorientada que no tenia nada que perder. Puede que Dios lo haya esperado para abrazarlo y darle la caricia realmente sincera que ni su padre ni la amapola entre sus venas le pudieron dar. Puede que el infierno le haya abierto sus puertas y le haya dado el calor que no encontro en la casa siniestra de su infancia ni en aquel callejon. Tal vez el purgatorio le trajo la paz y la tranquilidad que faltaba en la voz del piano de cola negro, la paz y la tranquilidad que era rota constantemente en los suburbios por las sirenas de la policia y la ambulancia. Tal vez, simplemente la vida le dio una alegria y dejo de sufrir de una vez por todas.
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